La importancia de las palabras

Artículo escrito por: Carlota Pobeda de Manuel

“Elegir las palabras adecuadas es una forma de respeto hacia la verdad”

Las palabras son la materia prima del pensamiento y la herramienta con la que damos forma al mundo. A lo largo de la historia han ayudado a plasmar sentimientos, dar rienda suelta a la imaginación o simplemente mantener un registro de lo que, como humanidad, hemos sido y hemos hecho. Nombrar algo es hacerlo existir socialmente. Usar una palabra en lugar de otra puede cambiar por completo la percepción de una realidad, moldear emociones y orientar decisiones. Por eso, utilizarlas bien no es un asunto menor, sino que implica responsabilidad, precisión y, sobre todo, conciencia del poder que tienen para construir o distorsionar lo que somos y lo que ocurre a nuestro alrededor.

En los últimos meses, el debate sobre si debe o no calificarse como genocidio lo que está ocurriendo en Gaza ha puesto de manifiesto la fuerza (y el miedo) que pueden provocar las palabras. Algunos sostienen que usar ese término es exagerado o ideológico; otros, que no hacerlo es invisibilizar la magnitud de una tragedia humana. Pero lo cierto es que el lenguaje no solo describe los hechos, también los interpreta. Decir “conflicto armado” no es lo mismo que decir “genocidio”. La primera expresión diluye responsabilidades; la segunda las señala. En ese matiz se juega, muchas veces, la posibilidad de exigir justicia o de justificar el silencio.

Las palabras, por tanto, son mucho más que etiquetas. Definen cómo entendemos el dolor, la violencia o la injusticia. No es equiparable afirmar que una persona sufre agresiones por parte de su pareja a reconocer que es víctima de violencia de género. En el primer caso se describe un hecho concreto, mientras que en el segundo se identifica una situación estructural que trasciende lo individual y forma parte de un problema social más amplio. Nombrar correctamente las realidades permite comprenderlas en toda su dimensión, otorgarles el peso que merecen y activar los mecanismos necesarios para abordarlas con justicia y responsabilidad.

Por eso, cuando discutimos si algo debe o no llamarse de cierta manera, no estamos hablando solo de semántica. Estamos hablando de ética, de política y de humanidad. Elegir las palabras adecuadas es una forma de respeto hacia la verdad y hacia quienes la viven en carne propia. En tiempos donde todo se relativiza, cuidar el lenguaje es también una forma de resistencia.

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